“Para buscar aquel estrecho (el estrecho de tierra firme que lo llevaría a la Tierra de la especiería), y no habiendo en aquellas islas de las Guanajas cosa de valor, sin otra demora navegó hacia tierra firme, a una punta que llamó de Caxinas, porque había en ella muchos árboles que producen unas manzanillas algo arrugadas y son buenas para comer, especialmente cocidas, a las cuales llaman caxinas los indios de (la isla) La Española…

…Acudieron a la playa más de 100 indios, cargados de vituallas, esperando a los nuestros, ofreciendo sus presentes al Adelantado tan pronto como llegaron; y luego se apartaron sin decir palabra….volvieron al día siguiente al mismo lugar más de otros 200, cargados también de vituallas de varias clases, a saber, gallinas de tierra que son mejores que las nuestras, ocas, pescado asado, habas coloradas y blancas semejantes a frijoles…la tierra era verde y hermosa, aunque baja…”

Así describe Hernando Colón la llegada de su padre a lo que ahora conocemos como Honduras, en 1502. El relato se encuentra en su libro “Vida del Almirante Cristóbal Colón” y en el que un poco más adelante se lee: “…la gente de este país es casi de igual disposición que en las otras islas, pero no tienen las frentes anchas como aquellos ni muestran tener religión alguna. Hay entre ellos lenguas diferentes y generalmente van desnudos, aunque traen cubiertas sus partes vergonzosas. Algunos usan ciertas camisetas como las nuestras, largas hasta el ombligo y sin mangas.

Traen labrados los brazos y el cuerpo con labores moriscas, hechas con fuego, que les da un aspecto extraño. Algunos llevan pintados leones, otros ciervos y otros castillos torreados, y otras figuras diversas…”

¿Qué pueblos vivían en el litoral Atlántico de Honduras antes de la llegada de los españoles? La mayoría de los investigadores concuerdan en que a partir del primer registro de la presencia del hombre en el país (cerca de 9,000 años antes de Cristo en la Cueva del Gigante, en Marcala, departamento de La Paz), la población se fue incrementando hasta alcanzar más de medio millón de personas al momento del encuentro.

Es muy probable que para 1502 los pueblos pech, misquitos, tolupanes y tawahkas ocuparan ya las principales tierras del litoral Atlántico.

La riqueza natural del litoral Atlántico hondureño fue desde los inicios una rica inspiración para el hombre. Extensas selvas, agrestes montañas, ríos caudalosos y una fauna proverbial servían de hogar y fuente de alimento para los pueblos indígenas.

Españoles, mestizos, garífunas, pech, tolupanes, ingleses, norteamericanos, cada uno de estos pueblos y de muchos otros que han llegado, han sentado sus reales en distintos momentos y marcado sus propias huellas. ¿Deberíamos impulsar las investigaciones arqueológicas en Salado Barra? ¿En Trujillo? Por supuesto que sí. Allí y en todos los rincones del litoral.

Eso estimularía la protección y conservación de asentamientos precolombinos, evitaría el saqueo de piezas arqueológicas y traería nuevas avenidas de ingresos a través del turismo científico y de educación. Pero más importante aún, incrementaría el orgullo de sus habitantes por sus raíces, por su identidad.

 

Tomado de Diario La Prensa.