Los tesoros de don Rufino Galán

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Una piedra de moler indígena por aquí; por allá,  una “piedra de rayo” (en realidad, una hachuela de piedra). Cerca una estufa de leña de finales del 1800, muy próxima a una cámara fotográfica de principios del siglo XX.  Sume cinco o más décadas de explorar, investigar, colectar, proteger y tendrá una de las colecciones privadas más ricas y eclécticas del país.

Don Rufino Galán ya traspasó la octava década de su vida; una vida dedicada a proteger el pasado de Trujillo. Comenzó a coleccionar desde que era joven; inició con piezas precolombinas, posiblemente pech, para luego continuar con objetos de la época colonial, la independencia y los albores del siglo XX.  Su colección privada, debidamente registrada ante el Instituto Hondureño de Antropología e Historia, es sin duda, una de las más grandes y variadas del país.

Ubicado a pocas cuadras del antiguo cementerio de Trujillo (quizá una rara coincidencia), el museo del señor Galán contiene sin lugar a dudas, varios miles de piezas. Desde restos de aviones caídos (restos grandes vale la pena señalar)  y antiguos faroles,  pasando por huesos de animales prehistóricos, espadas y cañones coloniales o simplemente, cartas y fotografías de antiguos personajes nacionales.

Rufino Galán es uno de esos personajes que trascienden una vida. En la misma vida que se ha  enfrentado a decenas de enemigos, algunos gratuitos, opuestos a su celosa actitud por preservar las fascinantes historias de los mil y un objetos de Trujillo y sus alrededores.  ¿Qué lleva a un hombre a dedicar toda una vida en busca de recuerdos? Quizá, porque son más que recuerdos; son detalles que representan la historia de este rincón de Honduras.

Trate de visitar a Don Rufino la próxima vez que visite Trujillo. Vaya con tiempo y escúchelo, porque la mayoría de las piezas carecen de cédula que las explique. Sólo él, le podrá platicar de su procedencia e importancia. Es muy posible que usted ponga en duda algunas de sus historias; pero jamás dudará de la misión a la que ese hombre encomendó su vida. Por algo son los tesoros de don Rufino Galván…

 

 

Por Arturo Sosa 

 

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