Ocotetl

Por:  Arturo Sosa

 

Viajando llegué al Cerro de Ocotes. Muy cerca de las fronteras con El Salvador y Guatemala. Punto de intersección de tres países. Mezcla asombrosa de culturas, donde los habitantes han sabido mantener su identidad y sus costumbres. Más que una ciudad de paso para los viajeros, Ocotepeque es un bastión de la hondureñidad.

 

Para empezar, llegar es un viaje donde se atraviesa la geografía más accidentada del país. Aquí nacen ríos verdaderamente importantes y parte de Celaque, la montaña más alta  de la nación. Cruzar las alturas de El Portillo es conocer una sección de la Reserva Biológica Guisayote; un bosque nublado donde el quetzal y los helechos arborescentes dominan.

 

Antigua Ocotepeque, la ciudad original arrasada por las aguas bravías del río Márchala,  está a unos pocos kilómetros de la Nueva Ocotepeque y es obligatorio ir a visitarla para tratar de aprender un poco más sobre el tradicional baile de los Moros y Cristianos; una  representación  que se remonta a las lejanas épocas  de la Colonia y que sobrevive gracias a la tenacidad y orgullo de la gente.

 

La gastronomía local es tan rica y variada como la de todo Occidente. Ticucos con chipilin, garnachas, atol chuco, buñuelos, quesadillas y varios frescos naturales están siempre a la orden del día.

 

Los sándwiches de plaza, conocidos como sándwiches de basura en otras partes, se diferencian por estar rellenos de gallina (no deje de ir a la escuela normal  Centro FID, donde doña Sonia los vende) y en el parque central, cada noche, baleadas y tamales son una verdadera tentación. Y en marzo, mes de la feria patronal, los puestos de comida se multiplican.

 

Nueva Ocotepeque (en realidad, el término “Nueva” se eliminó oficialmente en el año 1958, pero mucha gente lo sigue usando para diferenciarla de la original ciudad) tiene un brillante futuro en el rublo del turismo si comienza a desarrollar la infraestructura básica que le permita atender a los visitantes, tal y como lo han hecho los vecinos centroamericanos. Todo está en desearlo  porque se lo merece.

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